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jueves, octubre 12, 2017

La estafa de los Barcos Negros, cuando la podredumbre de un gobierno no solo afecta la madera

Un navío y una fragata rusas
Que el poder es atractivo, lo sabe todo el mundo excepto a los que les toca ser presidente de su escalera, para los cuales más que una bendición es una maldición de la peor calaña. Esta atracción hace que todos los que están en la cúspide del poder se encuentren rodeados de una pléyade de truhanes, trepas, listillos y aprovechados que utilizan el sistema para vivir a cuenta del Estado, cuando no para llenarse los bolsillos a espuertas. En España, con más de 800 casos sub iúdice afectando al Partido Popular, se sabe bien de qué va el tema, y más si conocemos que la corrupción, en este país, ha sido forma de actuación reiterada en todas las épocas (ver El Duque de Lerma, la capital de España y su descarado pelotazo inmobiliario) y gobiernos (ver La corrupta historia de los coches llamados "Gracias Manolo"). Un ejemplo más de esta aparente (cuando no fehaciente) "cleptocracia" -gobierno de los ladrones- que envuelve el poder en España lo encontraremos a principios del siglo XIX, cuando la incompetencia galopante de Fernando VII y la picaresca parasitaria de sus adláteres clavaron la puntilla a la otrora potente armada española y ayudó a la pérdida de las colonias españolas de América: la estafa de los Barcos Negros.

Fernando VII, el rey felón
Después de la Guerra de la Independencia, la situación social y política de España y sus colonias era poco menos que calamitosa. Las colonias americanas, forzadas a organizarse autónomamente debido al desgobierno producido por la invasión francesa y el "secuestro" -por decir algo-  de Fernando VII (ver ¡Muera la libertad!... y no era una broma), estaban en pleno proceso de secesión, cosa que no era del gusto ni de la corona, ni de sus responsables militares, los cuales no daban abasto a controlar tanta "ilegalidad". Y una parte importante de esta limitación venía dada por el ruinoso estado de la Armada Española, la cual, por falta de inversión y mantenimiento, había pasado de 42 buques en buen estado en 1808 a 16 en 1815, de los cuales tan solo 4 eran útiles. Si a eso añadimos que los marineros no cobraban desde hacía 33 meses y que los arsenales estaban vacíos, el panorama naval español de entonces hacía aguas por todas partes. Nunca mejor dicho.

Antonio Ugarte, ex- esportillero
En esta situación, el traslado de tropas desde la península hacia América era prácticamente imposible, por lo que, en 1817, se encargó al Jefe de Escuadra e Ingeniero Naval Honorato de Bouyon la compra de diversos barcos a Francia. Negociador hábil, Bouyon consiguió comprar a buen precio 3 corbetas de 24 cañones, 1 goleta de 10 y un bergantín-goleta de 16 con los cuales empezar a transportar tropas hacia la Argentina. El presupuesto final, bastante ajustado para lo comprado, ascendió a 12.315.000 reales de vellón, sin embargo no eran suficientes barcos y se necesitaban comprar más... y a la corte de Fernando VII, al ver tanto real junto se le hicieron los ojos chiribitas.

Dimitry P. Tatischeff
El conocido como "rey felón" tenía una pandilla de asesores tanto o más felones que él, entre los que destacaban su secretario Antonio  Ugarte (que había sido esportillero), Pedro Collado "Chamorro" (ex aguador que se corría las juergas de cuatro en cuatro con Fernando VII) y, sobre todo, Dimitry Pavlovich Tatischeff (diplomático ruso en España y compadre de parrandas del rey) el cual consiguió convencer a Fernando VII para que, a espaldas de los militares españoles, hiciese un pedido de barcos al zar Alejandro I. La excusa fue el interés estratégico de unir lazos con Rusia, para lo cual, el encargo de 5 navíos de 74 cañones y 3 fragatas de 44 cañones por 68 millones de reales de vellón era inmejorable. Definitivamente, Rajoy no se ha inventado nada con los F-35 comprados a Trump.

Puerto de Reval (Actual Tallinn)
La compraventa, firmada secretamente con los rusos mediante el Tratado de Madrid el 11 de agosto de 1817, observaba que España pagaría una entrada de 400.000 libras (39.360.000 reales) en dos plazos, mientras que el resto hasta los 68 millones presupuestados tendría que ser pagado antes del 1 de marzo de 1818. España, que estaba más arruinada que Don Pepito, tenía que cobrar de Gran Bretaña 400.000 libras en concepto de indemnización por abandonar el esclavismo, cantidad que utilizaría para abonar la entrada. Los rusos, diligentes ellos, prepararon los barcos encargados y el 27 de septiembre salían del puerto de Reval (actual Tallin, capital de Estonia) rumbo a Cádiz. Pero algo se torció.

El zar Alejandro I de Rusia
Después de pasar por Copenhague el 25 de octubre, los barcos arribaron a Deal (Inglaterra) el 10 de diciembre de 1817 y, tras algunas reparaciones (al menos oficialmente), encararon hacia Portsmouth (Inglaterra), donde debido a los vientos en contra (otra vez oficialmente) se mantuvieron en el puerto hasta el 6 de febrero de 1818 cuando finalmente zarparon hacia Cádiz donde tendrían que llegar el 21 de febrero. Nada más y nada menos que 146 días después de salir de Reval, cuando el mismo viaje se solía hacer en 55 días. ¿Qué había pasado para que la comitiva tardase más que parto burra en llegar a su destino? Cuando llegaron a Cádiz y, tras un primer susto al ver los cascos negros de los barcos rusos sin haber sido avisados de su llegada, pudieron revisarlos, entendieron el porqué de su retraso.

Plano de Cádiz (S.XVIII)
Cuando los técnicos que tenían que dar el visto bueno a la compra inspeccionaron los barcos, vieron que buena parte de las maderas estaban muy mal conservadas y dañadas por podreduras, hasta el punto que de los 8 navíos llegados tan solo se dio por bueno 1. Los barcos, que no eran nuevos, sino de segunda mano y construidos entre 1813 y 1814, habían sido construidos al estilo ruso, es decir, con maderas de baja calidad (pino o abedul) aptas para navegar por las aguas frías del Báltico en trayectos cortos pero no para largas travesías oceánicas por aguas cálidas, como eran los construidos en roble por los astilleros españoles (ver La Corbeta Narváez, el barco español que se comieron las termitas). Lo único que se salvaba eran los cañones, que eran buenos.

Madera afectada por termitas
Ante tal espectáculo, le tocó bailar con la más fea al Ministro de Marina, José Vázquez de Figueroa, o lo que es lo mismo, entregar al rey el informe de la comisión evaluadora. Un informe que decía, aún con buenas palabras, que aquello era un "ñordo" gordo. Ugarte, Chamorro y Tatischeff, enterados del entuerto, y para quitarse el muerto de encima, comieron la oreja a Fernando VII y le hicieron creer que el Ministro de Marina y la comisión estaban conspirando contra la buena imagen del monarca, por lo que, cuando recibió el informe de manos de Vázquez de Figueroa, montó en cólera y, muy ecuánime y ponderado él, destituyó fulminantemente a todos ellos. 

Fechas de independencia
Tras reclamar al zar, Alejandro I accedió a enviar 3 fragatas en compensación, las cuales llegaron exactamente en el mismo lamentable estado a Cádiz el día 12 de octubre de 1818.

Total, que de los 11 barcos enviados por los rusos, tan solo un par de ellos llegaron a navegar tras carísimas reparaciones, siendo todos desguazados entre 1820 y 1823, muchos de ellos sin ni tan solo salir del puerto adonde habían arribado. Los pagos se retrasaron hasta el punto que se dejó por pagar el 40% de los 68 millones presupuestados, de los cuales desaparecieron 200.000 libras (19.680.000 reales de vellón) que se suponen se repartieron, en concepto de comisiones por los servicios "prestados", Tatischeff y el resto de chupópteros de la corte de Fernando VII. Una corrupción al más alto nivel que, más allá del perjuicio económico a las depauperadas arcas españolas, significó el fin definitivo de la otrora potente Armada Española y la imposibilidad de utilizarla para tratar de extinguir el fuego independentista de las colonias americanas.

La Historia pone ejemplos. Depende de nosotros aprender (o no) de ella.


Una podredura que no solo afectó a la madera

Webgrafía

jueves, octubre 05, 2017

Pseudomona syringae, la bacteria capaz de hacer llover

Pseudomona syringae en una hoja
Cuando observamos la naturaleza con un poco de calma y detenimiento (por ejemplo durante las vacaciones), no deja de sorprendernos la cantidad de seres vivos que interactúan entre si y como llegan a crear unas relaciones totalmente increíbles... sobre todo si nos toman por el alfiletero de un sastre (ver Una solución al mosquito tigre). Los científicos, cotillas profesionales como son, con el pasar de los años de observación de la naturaleza, han descubierto que la relación entre los seres vivos y el planeta puede llegar a ser tan brutal que el mundo que nos rodea no sería el mismo si todos esos seres no hubieran existido (ver Cuando el hombre y los pedos de mamut produjeron una glaciación: el Dryas Reciente). No obstante, a cada día que pasa, los investigadores hallan nuevas interacciones aún más sorprendentes y vitales para la vida en el planeta. Tal es el caso de la bacteria Pseudomona syringae, la cual podría tener un papel clave en el funcionamiento de algo que nunca relacionaríamos con un microorganismo: con provocar lluvias.

Daños de Pseudomonas syringae
Que la relación entre la biosfera y la atmósfera era más íntima que la de la gente en un vagón de metro en hora punta, es algo que se conoce desde hace mucho tiempo (ver El insólito fertilizante del Amazonas llamado polvo del Sahara). Sin embargo, lo que no se sospechaba ni remotamente era que había bacterias que eran capaces de hacer llover y utilizar la lluvia para dispersarse por el ambiente para, de esta forma, poder llegar a zonas donde no llegarían yendo por la tierra. Un sistema de transporte ciertamente peculiar.

Aprovechan la caída de gotas
Los investigadores, mientras que estudiaban los efectos de las heladas sobre las plantas de cultivo, vieron que algunas bacterias del género Pseudomona, bien conocidas por crear manchas en la superficie de las plantas, tenían la capacidad de hacer subir la temperatura de congelamiento del agua. Ello significaba que, en vez de congelarse a 0 grados, se congelaba por encima de este nivel hasta los +1.8º, gracias a la interacción con una proteína específica que estas bacterias con forma de croqueta con cola tienen en su superficie, y que les permite ordenar las moléculas de agua de tal forma que favorecen la creación de hielo. ¿Y para qué esta facultad? Pues para comerse las plantas. Sencillo.

Ayudan a que escarche antes
Efectivamente, la Pseudomona syringae, especie de gran virulencia infecciosa que afecta a tomates, remolachas y diferentes cereales, aprovecha su capacidad de hacer cristalizar el agua por encima de 0º para hacer daños sobre la superficie de las hojas aún antes de producirse la helada, y así poder infectar la planta. Lo más gracioso es que, para distribuirse por el ambiente, esta bacteria aprovecha los aerosoles (digamos las microgotitas) que se forman cuando choca una gota de lluvia contra el suelo para "montarse" en ellas y dejarse llevar por el viento hasta zonas muy alejadas. Pero no acaba aquí la interacción con la lluvia.

Bacilos viajeros
El microorganismo, de esta forma, al estar volando dentro de una microgota de agua, tiene la capacidad de congelar el agua a su alrededor, creando un núcleo de hielo a partir del cual se genera o bien una gota de lluvia (en caso de temperaturas relativamente altas) o un núcleo de granizo (con temperaturas bajas y corrientes de aire fuertes), con los cuales desplazarse y colonizar nuevos territorios.

La lluvia como forma de transporte
Así las cosas, la presencia de Pseudomona syringae en la atmósfera estaría directamente implicada en la producción de lluvia y de granizo en numerosas partes del mundo, ya que actuarían como núcleos de concentración de humedad permitiendo una precipitación que, de otra manera, no se habría producido. No en vano, se han encontrado en grandes cantidades en el núcleo del granizo, mientras que prácticamente no hay en su superficie.

Crean los nódulos de la piedra
Total, que por mucho que nos creamos que conocemos al dedillo todo el mundo que nos rodea y que somos los "putos amos" de la Creación, jugando con nuestro medio ambiente como nos sale de los mondongos, la verdad es que es mucho más lo que ignoramos que lo que conocemos de él. Un desconocimiento que, fruto de la soberbia y falta de humildad humana, puede llevarnos a generar un "efecto mariposa" tal que, en vez de ser los beneficiados, seamos los principales afectados.

Y es que la ignorancia, siempre, siempre, es atrevida.

Demasiado.

Pseudomona syringae, una bacteria capaz de hacer llover

Webgrafía

lunes, septiembre 25, 2017

La macabra innovación española de bombardear con gases asfixiantes la población civil

Efectos del gas mostaza
Cuando acabó la Primera Guerra Mundial (ver Henry Gunther, el último muerto de la 1ª Guerra Mundial), una de las primeras cosas que hicieron los Aliados fue prohibirle a los alemanes el uso, la fabricación y la importación de gases tóxicos que fueran susceptibles de ser usados en una guerra, tal fue el terror que produjo el uso indiscriminado de este tipo de armas en el frente. La firma del Tratado de Versalles en 1919 lo ratificó y lo llevó a cabo, pero si de algo sirven las guerras es para ser un perfecto escaparate donde mostrar en acción los últimos "avances" en el matarile colectivo, y unas de las armas más vistosas fueron el Gas Mostaza y sus derivados. El rey Alfonso XIII, aficionado a las armas hasta las trancas (los ciervos y los linces de Doñana aún se acuerdan de sus batidas) creyó que los gases tóxicos serian perfectos para controlar el molesto grano en el culo del "glorioso" Ejército Español en que se había convertido el conflicto del Rif, por lo que dio orden para comprarlas... y usarlas. El único inconveniente es que, a partir de entonces, España obtuvo el dudoso honor de ser el primer país del mundo en utilizar gases asfixiantes sobre población civil. Cosas veredes.

Desastre de Annual
1921 fue un mal año para los militares españoles que ocupaban el siempre problemático norte de Marruecos, el conocido como Rif (ver La trágica semana en que las momias bailaron con los obreros). Esta zona, desértica y pobre con avaricia era una de las pocas zonas del África que las potencias europeas, a modo de limosna por la antigua gloria, habían dejado que España controlara, eso sí, con la supervisión de Francia. Y es que las fuerzas irregulares del jefe rifeño Abd el-Krim habían dado hasta en el velo del paladar a las fuerzas de los generales Berenguer, Navarro y Silvestre, provocando una auténtica masacre con más de 13.000 soldados muertos. El desastre, conocido como el Desastre de Annual y propiciado por la secular chapucería militar española (ver La US Navy, la Armada y la bochornosa buena puntería española), fue de tal calibre, que produjo un terremoto político en Madrid que llevó a la caída del gobierno de Allendesalazar, su cambio por Maura y a unas ganas terribles de venganza por parte del Ejército debido a la humillación sufrida.

Abd El-Krim
Así las cosas, el gobierno español contactó con el encargado de destruir el armamento químico alemán y antiguo jefe del Servicio Alemán de Guerra Química, el químico Hugo Stoltzenberg, el cual, por un lado oficialmente destruía el armamento para los aliados, pero, por detrás, se dedicaba a venderlo en el mercado negro y a fabricarlo de forma igualmente clandestina. De esta forma, el Ejército Español consiguió las primeras bombas de gas mostaza, las cuales se montaron en aviones y se empezaron a lanzar sobre los puntos de agua y sobre las zonas más pobladas del Rif a las horas de más afluencia de gente. O lo que es lo mismo, por la mañana y en los zocos abarrotados de gente. Los trágicos efectos son fáciles de imaginar.

Generales Berenguer y Silvestre
Tanto gustó el inventito y tanta cantidad se necesitaba, que el propio Stoltzenberg, a propuesta del gobierno español, montó en 1923 una fábrica para desarrollar este tipo de armamento en España, más concretamente en La Marañosa (Madrid). En esta situación, la producción de gas tóxico se llevaba hasta Melilla, donde se montaban las bombas y desde donde se procedió al bombardeo masivo de las cabilas rifeñas. Bombardeo que se llevaba con el máximo secretismo posible. Por un lado, por estar este tipo de armamento prohibido a nivel internacional y por otra por la supuesta imposibilidad de fabricación de los gases por los alemanes, lo cual hubiera dejado con el culo al aire el trabajo en el mercado negro de su principal suministrador, Stoltzenberg.

Breguet XIV
La campaña de envenenamiento sistemático de los indígenas norteafricanos (ver La belleza escandinava de los bereberes de ojos azules) se extendió desde 1922 hasta 1927 -momento en el que Abd el-Krim, se rindió y acabó la guerra- durante los cuales, con más de 500 aviones conducidos la mayoría de veces por pilotos extranjeros mercenarios, se llegaron a lanzar 470 toneladas de productos químicos asfixiantes. Valga como ejemplo de la virulencia de su uso que tan solo entre el 22 y el 23 de junio de 1924 se lanzaron 10 toneladas de gas. Nada lo del ojo, y lo tenía en la mano. 

Protectorado español de Marruecos
El uso de estas armas y sus funestas consecuencias medioambientales fue ocultado por todas las partes (los españoles y los franceses por razones obvias y Marruecos porque los rifeños se habían revuelto contra el Sultán fundando un breve estado independiente) y tan sólo unas pocas referencias han quedado como testimonio histórico. No en vano, en la actualidad, el Rif es la zona con mayor impacto de cáncer de todo Marruecos y la zona de la que proceden la mitad de los niños afectados de cáncer infantil de todo el país. 

En definitiva, en estos tiempos convulsos en que la cordura ha desaparecido de un plumazo y parece que a nadie le importe, el recordar este ignominioso pasaje de la Historia nos tendría que hacer pensar que las guerras no sirven absolutamente para nada y que, gane quien gane, pierda quien pierda, siempre hay alguien que pierde: la Humanidad.


Bombardeos españoles del Rif con armas químicas (1924)

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